Nos enojamos en segundos, perdonamos en años

 


Nos enojamos en segundos, perdonamos en años

Por Bruno Casiello


Jonathan Haidt, en su análisis sobre la condición humana, plantea algo tan simple como devastador: la mayoría de nosotros tarda apenas segundos en enfadarse, pero puede necesitar años para perdonar. Ese desajuste en los tiempos emocionales no es solo un rasgo individual, sino una falla estructural de nuestra especie.


Lo que nos enoja suele tener la forma de una amenaza al ego, una ofensa, una traición percibida. Y nuestro sistema emocional reacciona rápido, como si estuviéramos programados para defendernos más que para entender. En cambio, el perdón es lento, requiere un trabajo interno, a veces doloroso, a veces solitario.


Y ahí aparece la paradoja: necesitamos vínculos para vivir bien, pero muchas veces reaccionamos de formas que los ponen en riesgo. Nos defendemos tanto que terminamos solos.


He visto esto una y otra vez en el consultorio. Personas atravesadas por historias que podrían haber tenido otro final si alguien —uno solo— hubiese frenado a tiempo la cadena del reproche. Si alguien hubiese dicho “esto me dolió, pero no quiero perderte”.


Perdonar no es justificar. Tampoco es olvidar. Es tomar la decisión de no dejar que el daño nos defina. No se trata de tragarse la bronca, sino de metabolizarla. Pero eso lleva tiempo. Y muchas veces no tenemos ni el tiempo, ni el coraje, ni el deseo de hacerlo.


En un mundo hiperconectado, el enojo se propaga con una velocidad viral. Basta con leer los comentarios en redes sociales: nadie escucha, todos se defienden. Pero en lo cotidiano, en los vínculos que de verdad importan, el perdón sigue siendo lo único que nos salva.


Quizás no podamos cambiar nuestra respuesta instintiva al enojo. Pero sí podemos trabajar para achicar la brecha entre ese primer impulso y la posibilidad de reparar.


Y como siempre, empieza por casa.


Bruno Casiello

Psicólogo | 


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