¿Está mal ser sensible?

 



¿Está mal ser muy sensible?

No.

Ser sensible no es una falla, no es un exceso, no es una debilidad. Ser sensible es una forma —hermosa y dolorosa— de estar en el mundo. Es dejar que las cosas te atraviesen, permitir que la piel no sea un escudo sino un umbral. Es llorar cuando algo te conmueve, aunque parezca mínimo. Es sentir que el mundo es a veces demasiado... pero aún así elegir habitarlo.

La sensibilidad no es el problema. El problema es una cultura que premia la dureza, que nos enseña a escondernos detrás del sarcasmo, del cinismo, de la ironía constante. Una cultura que nos convence de que sentir profundamente es ridículo, molesto, inadecuado. Pero no hay nada más humano que emocionarse, temblar, reírse con ruido o llorar por una canción que ya no suena igual.

Y hay algo todavía más cruel: cuando te tratan mal, cuando te decepcionan, cuando te rompen el corazón, y encima te dicen “vos sos muy sensible”. Como si la herida no alcanzara, y además tu dolor fuera un defecto. Como si el problema no fuera lo que hicieron, sino cómo lo viviste. Como si sentir fuera una exageración, un error tuyo, una cuenta que no cierra.

No. Sentir no es un problema. Es la prueba de que estás vivo. Es la marca de que todavía te importa.

La alternativa a sentirlo todo no es la paz. Es la anestesia. Es vivir en la alexitimia, que es esa extraña condición donde las emociones existen, pero no se pueden reconocer, nombrar ni expresar. Donde algo se agita adentro y no hay palabras para traducirlo. Es como estar atrapado en un idioma que no se conoce, mientras el cuerpo grita lo que la boca no sabe decir. Es no saber si uno está triste, enojado o solo... o todo al mismo tiempo. Y no poder contárselo a nadie. Ni siquiera a uno mismo.

Prefiero el dolor antes que el silencio de adentro. Prefiero el nudo en la garganta a la frialdad vacía de no sentir nada. Prefiero el temblor del amor, del miedo, de la pérdida, a la calma impostada de quien ya no se deja tocar por nada.

No está mal ser muy sensible.

 Está mal el mundo que nos obliga a disimularlo.

Bruno Casiello

 Psicólogo

 


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